Entre el Derecho y la Política

Son las nociones de Poder y Derecho los ejes principales de la Filosofía Política y la Filosofía Jurídica respectivamente. Una está ligada a la otra de manera inexorable, por lo que es importante analizar y reflexionar de manera permanente sobre el nexo de estas dos cuestiones. Entre estas dos vertientes, la de la fuerza del poder político y la organización jurídica, se construye en definitiva la historia y la vida de un país en sus aspectos económicos, sociales, culturales. El tema es altamente subjetivo. Sobre un determinado hecho puede recaer un sinfín de interpretaciones. Un tema puede ser abordado desde diversas perspectivas. Es claro que hay un gran contraste de cada lado de esta apasionante dialéctica. Afirma Norberto Bobbio, que el poder sin derecho es ciego y el derecho sin poder, queda vacío.

Por un lado encontramos el Derecho desde un punto de vista científico, el cual intenta por medio de diversas herramientas y ciencias auxiliares exponer su modelo de cómo debe ser el mundo, de cómo debe ser la sociedad. Tiene por fin inmediato establecer un sistema de convivencia (orden), y por fin último imponer sanciones ante la ruptura de aquel orden (justicia). El Derecho crea sistemas de normas, todas relacionadas entre sí en un orden jerárquico creado a su vez por el mismo. Ya lo había dicho Montesquieu en su obra monumental El Espíritu de las Leyes: “La historia de cada nación es consecuencia suya, y que cada ley particular se ligaba con otra ley o dependía de otra más general.”.

En consecuencia, podemos concluir que el jurista estudia y analiza el Derecho alejado de las pasiones, la coyuntura y de cualquier impedimento que pueda tener para llegar a su objetivo: la verdad. Piensa el Derecho y el mundo intentando hallar soluciones creativas y eficaces para las distintas situaciones y problemas que va presentando el Derecho y las dudas que puedan surgir entre las normas, para poder así poder aportar a la ciencia jurídica y a la filosofía del Derecho.

El término política deriva del adjetivo polis, que es decir, referente a las cuestiones de la ciudad (recordemos que en Grecia la organización política estaba divida en Ciudades-Estado). De esto inferimos que la política para nosotros es todo lo referente a las cuestiones del país, de los hilos que se deben manejar para llevarlo y su futuro colectivo.

La política si bien en su fachada persigue el bien común (en última instancia quizás lo haga realmente), también tiene como fin el monopolio del poder. Si es abordada desde la teleología, podemos observar que sus fines podrían llegar a ser varios, ya que existen diversos tipos de grupos sociales dentro del espectro social y estos se organizan de manera a perseguir sus propios objetivos dentro del escenario político. De esta manera se van formando los partidos políticos y las concertaciones.

Se puede dudar del interés real del político por mostrar la verdad en su entera magnitud. La etimología misma de la palabra partido (partire, o sea, dividir) nos hace pensar que lo que se busca es la facción de la verdad que le convenga al mismo en un determinado momento, ya sea por la disputa del poder, o por otras cuestiones de carácter coyuntural y pasajero. Esa facción podría perjudicar al mismo partido en otro momento, cambiada la situación.

En el caso particular de Paraguay, la Constitución Nacional de 1992 estableció como forma de gobierno la Democracia representativa, participativa y pluralista. Complejo es el menester de la democracia ya que debe buscar la coexistencia y buena relación entre la libertad del hombre y las inquietudes de las masas. Lo que refiere al Estado Social de Derecho, es para nosotros un concepto central, no solo porque está en el artículo uno de la C.N., sino también porque desde el punto de vista de la filosofía del derecho, es un concepto superador del individualismo, o la pura defensa de los derechos individuales. Rechaza las teorías extremistas en la órbita socialista pero también rechaza opiniones radicalizadas terriblemente individualistas en el plano liberal.

Ese es pues el ideal que debe perseguir la relación entre la Política y el Derecho. Pero para eso es necesario un valor fundamental que debe regir tanto entre políticos, juristas y en la ciudadanía en general: el coraje. Ernest Hemingway definió el coraje como “la gracia bajo presión”. La presión de la coyuntura, del miedo. El coraje que debe tener político de alejarse de los intereses partidarios en los momentos en que debe hacerlo. El coraje del jurista a la hora de exponer con certeza y sin miedo sus conclusiones propias. El coraje de la ciudadanía en general para  salir reclamar lo suyo y manifestar su voluntad.

El fanatismo, entendido como la obediencia ciega a una idea es un enemigo terrible para el progreso colectivo, y es usualmente un mal que atañe a la política criolla. Se debe erradicar de ella de manera eficaz si se quiere realmente avanzar. El fanatismo puede estar relacionado o con la ignorancia, o con la creencia de una verdad o un sistema de verdades que una vez aceptadas ya no deben ponerse en discusión.

Entre el Derecho y la política, se encuentra el destino de la sociedad. Pero sin coraje, es probable que el beneficio sea para unos pocos.

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